Los caprichos de la suerte

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TARDE DE DOMINGO

AQUEL DOMINGO estuvieron Juanito Elorrio y Abel el dibujante en el mercado de Las Pulgas, en la Puerta de Clignancourt, ya tarde a la hora de comer, en un puesto. Este puesto era de un judío, amigo de Abel, llamado Jacob, hombre que siempre tenía en su tenderete cosas curiosas. Charlaron durante largo rato.

Les enseñó una talla de madera que representaba una cabeza de un tipo raro, y al pie había un relieve, como cuarteles de un escudo, dos salamandras y un escarabajo. Tal vez se tratase de la cabeza de algún sabio naturalista.

Al apartarse del puesto del judío, siguieron Elorrio y Abel marchando sin rumbo fijo, y al pasar por la avenida del Maine vieron que desde el interior de un automóvil, que se hallaba detenido al borde de la acera, una mano les hacía señas para que se acercasen.

—¡Hombre, es un escultor que conozco! —dijo el dibujante—. ¿Dónde diablos irá por aquí?

Se aproximó para informarse y supo que el automovilista no solo se había detenido porque les había visto, sino también porque el coche estaba a punto de quedarse sin agua, según indicaba el ruido que hacían las válvulas.

—¿Sabe usted dónde habrá por aquí agua? —preguntó el escultor.


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