Los pilotos de altura
Los pilotos de altura Otras veces dejaba alguna maniobra para mandarla en medio de la comida e interrumpirla de este modo.
El capitán se mostraba hombre exigente y malhumorado. Chimista no le hacÃa caso, le miraba como a un perro.
Oyarbide empezó a decirnos a los pilotos:
—A mà no me tratáis con bastante respeto. Yo tengo una cruz. Yo podrÃa exigir que se me llamara usÃa o vuecencia[76].
—A este viejo imbécil le voy a dar un plastazo, que se va a acordar de mà —decÃa Chimista como en un aparte, pero para que se le oyera.
—¿Qué murmura usted ah� —le preguntaba Oyarbide.
—Yo, nada. ¡Viejo imbécil! Lo mejor serÃa darle un golpe y tirarlo al mar.
—Hable usted claro —decÃa Oyarbide—; a mà no se me viene con murmuraciones. Hay que tratarme con más respeto.
—¡Bestia! ¡Idiota! Este hombre es como una mula vieja llena de caprichos. De él habrÃa que decir: «Zarrago soroago» («Más viejo, más loco»).