Los pilotos de altura
Los pilotos de altura Después del percance del pirata tuvimos grandes temporales. Íbamos al noroeste de las islas Terceras y del banco de Terranova[77]; me encontraba yo de guardia, cuando a eso de las dos de la tarde divisé un gran buque por la proa y me eché el anteojo a la cara. El barco parecía abandonado, iba dando grandes orzadas.
Al aproximarnos, divisamos todas sus velas como banderolas, sueltas y hechas pedazos; la redonda era la única amarrada, las vergas estaban caídas y todo el velamen agujereado y roto.
Di parte al capitán Oyarbide, quien mandó acercarse al buque. Llegamos a su costado, se dieron algunas voces, se tocó la bocina, pero nadie apareció sobre cubierta.
Entonces Oyarbide mandó echar la chalupa al agua. Fuimos a bordo del barco abandonado. Marchamos Chimista y yo con cuatro marineros. Se veían cinco o seis baúles vacíos sobre cubierta.
No había nadie ni en el sollado ni en la bodega. La escotilla estaba abierta, y en la bodega, sobre cuatro o cinco pies de agua, notaban tablas y cajas.
En esto, Chimista se metió en la cámara de popa, y vino diciendo: «Allá hay un negro, atado y medio muerto de inanición».
Se le desató, se le llevó a nuestro barco, y, por orden de Oyarbide, se le metió en la cama y se le empezó a dar ponche con huevo y caldo de gallina.