Los pilotos de altura

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I

LOS DOS EMBIL

EL LUGAR DE LA ESCENA ERA la lista de Correos de Sevilla[8]. La época, algo más que la mitad del siglo XIX cuando este siglo empezaba a envejecer y a salirle canas[9]; el día, ya avanzado, de noviembre, y la hora, las tres de la tarde.

El encargado de la lista de Correos, un hombre de unos cincuenta años, alto, calvo, ventrudo, con la nariz larga y verrugosa, el bigote entrecano y el aire sonriente, tomó una carta, y, asomando la cabeza por la ventanilla, gritó:

—¡Ignacio Embil!

—¡Presente! —dijo una voz enérgica.

—Soy yo —añadió otra no tan ruda.

Los dos hombres que contestaron al llamamiento se acercaron a la ventanilla; el uno era un viejo de unos sesenta años[10], alto, robusto, corpulento, ancho, pesado, con la piel de color de caoba, patillas cortas, el rostro desabrido, la expresión con cierta mezcla de timidez y de mal humor, la voz áspera y dura. El joven, también tostado por el sol y el aire del mar, tenía la cara correcta, un poco larga, iba afeitado y vestía con cierta elegancia un poco presuntuosa.

—¿Quién es Ignacio Embil? —preguntó el empleado.

—Ignacio Embil soy yo —gritó el viejo con voz agria y categórica.


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