Los pilotos de altura
Los pilotos de altura Los marineros consideraban a Lozano como músico extraordinario y como poeta, porque algunas canciones las inventaba él en la guitarra. Lozano era hombre corpulento, rubio y con el pelo que parecía de virutas y los brazos llenos de tatuajes. Lozano ponía los ojos en blanco para cantar los amores y la cabañita de a orillas del mar. Chimista tenía la costumbre de hablarle en estas ocasiones en andaluz.
—Oigasté, nostramo —le decía—. Habé si no canta osté una cansión de su tierra, con estilo y con grasia.
Lozano, entonces, tomaba la guitarra y comenzaba a suspirar y a dar jipíos. Una de las canciones que más le gustaban y que entusiasmaba a los marineros era una habanera arreglada por él, y que decía así:
Yo tengo una cabaña
a la oriyita der ma,
y una bancale de caña
y un corasón para amá.
Mi niña es una princesa
rubia como el mismo so,
con unos labios de fresa
y colores de arrebó.
A mí hasta asco me producían estas melosidades.
—No somos angelitos, sino negreros —decía yo—, piratas, que habría que ahorcar.