Los pilotos de altura
Los pilotos de altura Chimista convidó a comer a los tres personajes, y les explicó su objeto: comprar doscientas fanegas de fríjol negro y otro tanto de harina de boniato. Les aseguró que pagaría algo más del precio corriente, y estuvo con las autoridades muy amable y gracioso. Los tres personajes se brindaron a facilitar las compras, aunque el cura, no se sabe por qué, se manifestaba reacio. Chimista les[127] convidó a los tres a almorzar al domingo próximo en el barco.
Volvimos al día siguiente el segundo piloto y yo a tierra, fuimos a los dos o tres almacenes, y los encontramos cerrados. Nadie se hallaba dispuesto a vendernos víveres. Preguntamos a los naturales la causa de aquella prohibición, y nos contestaron que de orden del gobernador no se podía vender nada. Nos dirigimos a casa de este, y el ordenanza nos advirtió que había marchado al campo.
Al día siguiente, Domingo de Ramos, nos presentamos el segundo piloto y yo en casa del gobernador, y su mujer nos dijo que en aquel momento se encontraba en la iglesia en la función.
Entramos en la pequeña iglesia, llena de bote en bote; los negros, cada uno con su palma en la mano, y el cura, en el altar, cantaban. Me dirigí al gobernador, diciéndole que en el pueblo nadie quería vendernos nada, y que a bordo estábamos aguardándolos a ellos para almorzar.