Los pilotos de altura

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El gobernador fue al altar mayor a explicarle al cura lo que pasaba. El cura, refunfuñando, le dijo imperiosamente: «Hay que esperar a que termine la función».

Poco después las dos autoridades se embarcaron en un bote y fueron a nuestro barco. Al llegar, Chimista mandó preparar dos grillos y dos esposas y ponérselas al gobernador y al cura. Se armó un escándalo terrible. Chimista les dijo con frialdad: «Les voy a fusilar inmediatamente a los dos, porque han dado la orden de que no nos vendieran nada en la isla, lo que es injusto y arbitrario».

El gobernador y el cura se asustaron e imploraron misericordia.

El gobernador dijo que retiraría inmediatamente la orden; se le dejó asomarse a la borda, y comenzó a gritar. Llegaron dos canoas con negros al costado del barco. Cuando se acercaron explicó lo que les pasaba, y poco después comenzaron a venir unas ochenta canoas llenas de los artículos necesarios, y, además, muchas gallinas, huevos y cerdos. El gobernador dijo a Chimista que el cura tenía la culpa de la prohibición de la venta, porque decía que le habíamos tratado sin respeto y no le habíamos prometido nada. Chimista pagó los gastos, y despidió, sonriendo, al gobernador, y, al marcharse el cura, le pegó una patada en el trasero.


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