Los pilotos de altura

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—Decía que a donde no llegue la piel del león hay que coser la de la zorra. No me las echo de santo. Yo he vendido negros y he hecho otras diabluras; pero no soy un hipócrita. Es más: pienso ir al Congo otra vez, pero no de capitán, sino a hacer mis negocios.

—Pues quizá vayamos juntos. Yo no estoy tampoco dispuesto a viajar ganando tres pesetas ni a pasarme la vida de piloto.

Hablamos luego de los amigos de Dolly, con quien ya se había casado, y de Commoro, el negro. El pobre Commoro estaba enamorado como un loco de Ana Warden, desesperado y queriendo suicidarse.

—¿Ves? —le dije a Chimista—. Esto has adelantado con haberle hecho dejar la bebida y haberle prestado libros. La lectura le ha hecho melancólico. Los negros, ¿para qué quieren saber leer y escribir?

—¡Qué vasco eres tú, Embil! —dijo Chimista; pero luego reconoció que tenía razón.



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