Los pilotos de altura
Los pilotos de altura La idea de que en el mundo su raza no habÃa servido más que de pobre bestia de carga producÃa a Commoro una enorme tristeza. Respecto a él, de carácter enamoradizo, no tenÃa esperanzas. Una mujer negra no le comprenderÃa, y una blanca no le querrÃa o se avergonzarÃa de tenerle por marido. Commoro envidiaba, y, al mismo tiempo, despreciaba al Vizconde, que era blanco y rubio y tenÃa veleidades amorosas con las negras y hasta con los negros. El Vizconde afirmaba con petulancia que poseÃa todos los vicios.
Chimista aseguró que a él no le interesaba el dinero.
—Pues ¿qué te interesa?
—La aventura. Yo tengo la evidencia [de] que siempre podré vivir trabajando… o robando[142].
—No te hagas demasiadas ilusiones, Chim.
—Como quieras. Es una convicción mÃa.
—Cuando seas viejo, si no tienes dinero, tendrás que ir a un asilo.
—¡Psch! Me es igual.
Por entonces, Chimista no daba importancia a las cosas que dan como transcendentales las personas de juicio; yo, a veces, pensaba que todo le parecÃa igual y que no le interesaba nada.