Los pilotos de altura

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IV

LA RISA DEL INGLÉS

ERA MI QUINTO VIAJE DE NEGRERO, y pensaba, como los aficionados a los toros, si no habría quinto malo. Salimos con la Sirena de La Habana, sin ceremonia de ninguna clase[172], y fui despachado para las islas de Cabo Verde. Una vez fuera del Morro[173], se puso el centinela de guardia. De poco nos podía servir la vigilancia; el buque era un porrón muy pesado, de esos barcos torpes, ronceros, y si nos perseguían no podríamos escapar. El buque malo y la tripulación mala; pero yo no pensaba cejar. Adelante y adelante. Esta era mi divisa.

Tuvimos vientos favorables en el golfo, y hasta la recalada de las islas de Cabo Verde. Llegamos a la vista de la isla Brava, navegando hacia el sudoeste con un tiempo de turbonadas; a cada momento caían chaparrones mayores y más copiosos a medida que nos aproximábamos a la línea equinoccial.

Al acercarnos a la costa africana y al dar vista a la isla de Santo Tomé, nos vinieron cuatro canoas a vendernos gallinas, huevos, cerdos y pescado. Divisamos la costa de África y el río Clara Días.

A las cinco de la tarde largamos el ancla, sin que se viera ningún buque sospechoso en el viaje. Tomamos un práctico negro para remontar el río, y por la mañana seguimos contra corriente hasta un punto en donde el factor Álvarez indicó como el mejor para fondear.


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