Los pilotos de altura

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V

EL CABO DE HORNOS[178]

DEJÉ EL BARCO, EN DONDE ME PAGABAN POCO; fui en otro a Pernambuco, después a Río de Janeiro, y aquí me ofrecieron el mando de una fragata que iba a Valparaíso, dando la vuelta al cabo de Hornos[179]. Acepté. La tripulación era mala: gente de garito y de presidio; había tres grupos: brasileños, portugueses y mallorquines. El piloto, un portugués, era un hombre nervioso; comprendí a los dos o tres días que no me serviría de gran cosa; decía que estaba enfermo, pero era, sobre todo, apocado e inútil.

Bajamos por la costa del Brasil y nos acercamos a la del Uruguay, y después a la de la Argentina. Tuvimos un viento muy fuerte, que llaman allí el «pampero».

El pampero es, como la galerna del Cantábrico, un viento impetuoso, al cual sigue un chubasco torrencial. El peligro del pampero es el golpe imprevisto; del primer envite rompe, a veces, las velas y tumba los palos; el segundo peligro es la cantidad de agua que cae, que en ocasiones es tal, que las velas, empapadas, no permiten moverse al barco.

A los dos días de salir, los vientos fueron tan fuertes, que un golpe de mar nos abrió un boquete y comenzó a entrar agua.

Hubo que acudir a las bombas y se me sublevó la marinería.


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