Los pilotos de altura

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II

CHIMISTA, DE MÉDICO

EL MISMO DÍA [EN] QUE LLEGUÉ A RÍO DE JANEIRO me presenté a mi armador, don Bernardino de Saa; le conté los incidentes de mi viaje, y me preguntó:

—¿Tiene usted inconveniente en emprender otro al río Congo en busca de negros?

—Ninguno.

—Mi factor me ha escrito que ha comprado cuatrocientos.

—Pues nada, puede usted contar conmigo.

Saa determinó comprar un bergantín goleta brasileño, el Adamastor. El barco era viejo, seguro, pero pesado; de escasa altura: lo que llaman los marinos raso, de poco puntal.

Para buque de carga estaba bien; pero para negrero era malo por la poca velocidad. Yo me temía que iba a caer prisionero como las otras veces.

Mi contrato con el armador fue parecido al de la vez anterior: me pagaría quince duros por cabeza de negro que llegara salvo, y si no, nada.

Fuimos, como la otra vez, con el buque a Río San Juan; llevaba como piloto [a] un gallego apellidado Ruiz, y una tripulación mixta de portugueses y brasileños. Diecinueve días permanecimos en Río San Juan para habilitarnos de todo, y en seguida emprendí mi viaje, con las brisas flojas a la remontada, para el sur.


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