Los pilotos de altura
Los pilotos de altura Chimista alardeaba, como Sócrates, Bacon y Alberto el Grande, de entenderse con un demonio familiar[216]. Nos afirmó también que, como Jerónimo Cardan, caía en éxtasis cuando quería y se hacía daño por el gusto de quedar después sin dolor.
Sostenía que notaba en sí mismo sus dos almas: una, que le llevaba a la ciencia y al ideal; otra, al embrutecimiento y a la maldad.
Nos aseguró que en su casa guardaba un chino de porcelana, con varios movimientos, y que este autómata le resolvía todos los problemas que le proponía, Decía que tenía cuarenta años más de los que tenía. Su aire juvenil, según él, procedía del uso de un elixir de larga vida, que era su secreto. Me figuré a veces que con sus palabras se burlaba del doctor Mackra.
Cuando se lanzaba a las fantasías médicas y geográficas, era inagotable. Afirmaba que existían marinos conjuradores de tempestades; estos marinos solían llevar un anillo de hierro en el dedo meñique de la mano derecha; pero su acción no la podían ejercer más que en determinados meses.