El dolor paraguayo

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El maestro gana ciento cincuenta pesos mensuales. Verdad es que no trabaja sino ocho o nueve horas al día y que no tiene sino un centenar de alumnos. Además, en la clase, que es un galpón arruinado, no hay bancos, ni mesa, ni utensilio alguno de enseñanza. Allí se aprende aritmética sin pizarrón, geometría sin figuras ni sólidos, botánica sin plantas, zoología sin animales, geografía sin mapas. Todo es etéreo, fantástico. También se debe observar que los ciento cincuenta pesos no son precisamente ciento cincuenta pesos. En primer lugar, son recibidos con un mes de retraso. Los gobiernos, sin duda por razones de alta política, han dispuesto que se pague a los maestros de escuela los últimos, es decir, después de los mayordomos, porteros y lacayos; después de los espías. Por otra parte, a los maestros de escuela de la campaña se les paga en la Asunción. Los infelices necesitan un intermediario que les cobre el sueldo en la capital y lo envíe, en cuya operación se evaporan siempre algunos pesos, cuando no todos. ¡Hay tan poca gente en quien se puede fiar! En fin, el maestro vive. ¿Qué más quiere?






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