El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Sesenta muertos, ciento cincuenta heridos. No faltan castigados, pero no busquéis entre ellos a ningún ministro, a ningún funcionario del gobierno que se derrumbó. Están sanos y salvos. Las puertas de las legaciones se abrían para ellos, mientras se fusilaba a los desheredados en las calles. Otros personajes «traidores» y «malditos» están en sus casas. Otros de viaje, conferenciando con presidentes extranjeros. Todos completos, ricos y felices. ¿Qué hacen? Se asegura que ya conspiran. ¿Hay partido que no lo haga?
Quince audaces se apoderaron del Estado. ¡Qué lección venenosa! El éxito demuestra que el país está a la merced de un grupo que se atreva. Nos enteramos de que a la vez atravesaban las fronteras tropas armadas y de que dos golpes de mano estuvieron a punto de coincidir. La casualidad lo reveló. Ignorábamos que en lugares diferentes se estaba proyectando labrar nuestra felicidad a cañonazos. Al público no se le pregunta nunca su parecer sobre estas cuestiones. ¿Qué influencia puede tener el público? No hace sino trabajar, y eso, hasta ahora, no amenaza a nadie.