El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Nuestro autor empieza advirtiéndonos que la cuestión social es disoluble. ¿Debemos, pues, considerarla como la cuadratura del cÃrculo o el perpetuum mobile, un problema planteado por la imbecilidad humana, en el cual, ya que no guarismos y figuras, se han gastado vanamente infinitas teorÃas utópicas, frases subversivas y conspiraciones rabiosas? Ritter habrÃa evitado que sacásemos tal consecuencia, si nos hubiera dicho, no que la cuestión social es insoluble, sino que se está resolviendo desde los comienzos de la civilización. Pero no parece partidario de esa continuidad histórica; su primer cuidado es romperla. «Toda la historia de Roma, declara, refleja luchas de clases, pero jamás han abandonado el terreno de las aspiraciones y reivindicaciones individuales… No encontramos ninguna tendencia contraria a la propiedad individual… ni la menor contra el principio de la propiedad individual… etc., etc.». Los profetas hebraicos «no aspiraban a la supresión de la propiedad individual, sino a sus excesos… Nos parece pueril buscar en los Evangelios, como se ha hecho tan a menudo, sea la condenación, sea la justificación del principio de propiedad… En toda la doctrina de Cristo y de los apóstoles no encontramos el menor rastro de una tendencia hostil a la propiedad». Las comunidades cristianas fueron extrañas a nuestro comunismo; «en ningún momento ese comunismo abandonaba la suposición de la propiedad individual». La vida monástica de la edad media «no tiene casi ninguna relación con las condiciones de la vida moderna, ni siquiera con los principios de los reformadores sociales actuales…». Luego nuestra época está aislada de las anteriores; nuestros conflictos, nuestras angustias, nuestras esperanzas no tienen pasado; Babeuf y Owen han crecido por generación espontánea; Marx y Kropotkin han caÃdo de la luna…
