El dolor paraguayo

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Los que transportan cuartos de reses no resisten tres años. En los frigoríficos, el período máximo de resistencia, a causa de los reumatismos, no llega a cinco años. Las mujeres, que manejan latas de carne de 14 kilos, se enferman todas de la matriz. A veces se cae un obrero a uno de los grandes tanques de extraer grasa, rodeados de denso vapor y es inútil buscarle… «Su carne y sus huesos han sido mezclados con los demás materiales de los tanques y se han vendido como manteca pura de la casa Durham». (La Jungle). El último ciclo del infierno de Packingtown es la fábrica de abonos, pero hago gracia de él a mis lectores. Semejantes extremos de miseria humana corresponden a la concentración de capitales, más temible anónima que personal; a los trust, de quienes depende hoy el 50 por ciento de la producción industrial del mundo, a la delirante idolatría de la riqueza. Nada tan simbólico, en la Relentless City, como esas damas de la Avenida de los millardarios, que han puesto de moda el retratarse en estatuas macizas de oro puro, y de tamaño natural… Notemos por fin que la máquina, «en cada caso» desaloja al trabajador. Hace ya diez años que el comisariado general del trabajo de los Estados Unidos verificaba que «para la fabricación de instrumentos aratorios se necesitarían antes 2145 obreros de diferentes aptitudes pata producir tamo como producen hoy, con ayuda de máquinas, 600 obreros de aptitud ordinaria. En la fabricación de pequeñas armas de fuego, un hombre con una máquina reemplaza a cincuenta. La fabricación de ladrillos suprime hoy el 10 por ciento de trabajadores y la de tejas el 40 por ciento. En la zapatería 100 hombres producen tanto como producían anteriormente 500. En cierta clase de calzado, la máquina ha suprimido el 50 por ciento de los obreros…». Añadamos los nuevos telares mecánicos, las nuevas máquinas agrícolas, las linotipos, etc. Para formarse idea de lo que será la industria en un porvenir no lejano, conviene leer la descripción que hace Daniel Berthelot de la usina de la Sociedad de Electricidad de Saint-Denis, de la «enorme nave… más vasta que una catedral… donde se divisan, perdidos en aquella inmensidad, un hombre o dos que, silenciosamente, dan vuelta a un tornillo, o mueven una manija… Un hombre solo basta para regular la descarga de ochenta mil kilogramos de carbón por hora».


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