El dolor paraguayo
El dolor paraguayo En lo que estoy de acuerdo con Ritter es en juzgar poco importante la trascendencia del marxismo en la «acción» humana. El razonamiento no crea energía. La razón será lo que se quiera, menos un motor. ¿En qué puede vigorizar al proletariado la idea del determinismo económico? ¿Obedecerían mejor los astros a la ley de Newton, si tuviesen conciencia de ella? ¿Caería de otro modo el guijarro, si supiera que tiene que caer? De aquí la evolución del marxismo de combate. El proletariado, después de adquirir, según la bella frase de Pelloutier, «la ciencia de su desgracia», se inclina a cultivar los elementos que le prometen el triunfo, que se lo prometerían y tal vez se lo procurarían aunque se tratara de un triunfo ilógico: la disciplina y la fe. De aquí el abandono, más o menos pronunciado, en relación a la psicología de cada pueblo, de las controversias sociológicas y de las discusiones parlamentarias. De aquí el sindicalismo, invasión reciente y formidable de algo que no es ya teoría, sino una táctica austera. El carácter del movimiento es religioso; las grandes transformaciones sociales no se llevan a cabo sin estas magníficas epidemias de fe y de esperanza. En uno de sus primeros libros —L’Europa giovane— Ferrero había observado que «la verdadera forma nueva de la religión es el socialismo alemán». Sorel dice que la huelga general es un «mito» del sindicalismo, y Prezzolini añade: «como del mito del Reino de los Cielos salió la Iglesia Católica, así del mito de la Huelga General saldrá la nueva Sociedad Proletaria». ¿Y qué es el futuro, sino el Reino de los Cielos venido por fin a la Tierra?