El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Tomo la pluma con una tristeza irritada. En la cuestión política que se discute, y cuya solución me es indiferente, veo a los hombres con la mirada fija en Buenos Aires, y observo asombrado el efecto que a las gentes produce la opinión de cualquier diario argentino. He aquí algo que no me puede ser indiferente: la depresión moral del país en que gano mi pan, amo y pienso.
La Argentina (suponiendo que los periódicos porteños la representen) tiene derecho a decir lo que le parezca sobre el Paraguay. El Paraguay tiene el deber de oír con la fría dignidad del que está en su casa lo que en la ajena se publica. Está bien que escuche, pero sin bajar la cabeza.
¿De dónde ha venido ese acatamiento al juicio de una prensa extraña? La Argentina será un pueblo admirable. Es posible. No hay degradación en admirar. Los fuertes admiran, aunque de pie. Sólo los débiles aceptan dócilmente la lección y la palmeta del dómine.
Eso es lo grave. No son los argumentos los que se utilizan, sino la autoridad del maestro. ¡Y qué maestro! ¿Cómo admitir que un diario (y sobre todo un diario por el estilo de los bonaerenses, verdaderos prospectos comerciales) siente autoridad en derecho y en sociología? Aquí los talentos paraguayos callan, y se atiende con veneración a lo que emborrona un reporter extranjero sobre un asunto que forzosamente ignora.
