El dolor paraguayo
El dolor paraguayo El Superior Tribunal me ha condenado a veinte dÃas de arresto. Se conoce —¡ay!— que tengo demasiados amigos.
¿Es amistad, es lástima porque estoy enfermo, es consideración al periodista, es tácita censura a un fallo antipático? No lo sé. Lo que sé es que si yo fuera desconocido y miserable no estarÃa en mi casa; estarÃa en la cárcel.
Llueve. Hace frÃo. Delante de mi puerta han colocado un vigilante que me deja entrar y salir. Una simple fórmula… pero una fórmula de carne y hueso que siente la lluvia y tiembla de frÃo. ¡Infeliz guerrero!
De pie en mitad de la calle, de plantón seis, ocho horas, él sufre mientras yo descanso al abrigo de la intemperie. A él le han separado de su familia, mientras yo estoy con los mÃos. El castigado es él y no yo. ¿Por qué? Porque tiene el cerebro tardo, las manos callosas y los bolsillos limpios. Porque es pobre.
¿Y yo qué soy? El caballero andante de los pobres… ¡Ah! El apóstol bien abrigado, bien alimentado, en su cómoda vivienda; el rebelde que se permite el lujo de cantar las verdades a los jueces y que no consigue correr riesgo alguno; el feliz revolucionario que tiene amigos en la policÃa y mira desde la ventana al lamentable ejecutor del código, al esclavo con casco y machete y polainas…
¡Cosa más grotescamente triste!
