El dolor paraguayo

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TRISTEZAS DE LA LUCHA[42]

El Superior Tribunal me ha condenado a veinte días de arresto. Se conoce —¡ay!— que tengo demasiados amigos.

¿Es amistad, es lástima porque estoy enfermo, es consideración al periodista, es tácita censura a un fallo antipático? No lo sé. Lo que sé es que si yo fuera desconocido y miserable no estaría en mi casa; estaría en la cárcel.

Llueve. Hace frío. Delante de mi puerta han colocado un vigilante que me deja entrar y salir. Una simple fórmula… pero una fórmula de carne y hueso que siente la lluvia y tiembla de frío. ¡Infeliz guerrero!

De pie en mitad de la calle, de plantón seis, ocho horas, él sufre mientras yo descanso al abrigo de la intemperie. A él le han separado de su familia, mientras yo estoy con los míos. El castigado es él y no yo. ¿Por qué? Porque tiene el cerebro tardo, las manos callosas y los bolsillos limpios. Porque es pobre.

¿Y yo qué soy? El caballero andante de los pobres… ¡Ah! El apóstol bien abrigado, bien alimentado, en su cómoda vivienda; el rebelde que se permite el lujo de cantar las verdades a los jueces y que no consigue correr riesgo alguno; el feliz revolucionario que tiene amigos en la policía y mira desde la ventana al lamentable ejecutor del código, al esclavo con casco y machete y polainas…

¡Cosa más grotescamente triste!


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