El dolor paraguayo
El dolor paraguayo ¡Basta ya de esta pesadilla! Oídme. Yo hablé aquí cuando callabais, yo callé en el destierro, yo no arrojé contra el Paraguay, desde seguro, mi puñado de lodo. Yo He vuelto a vuestra tierra y no puedo sufrir que la ensangrentéis de nuevo. Os lo digo a los de dentro y a los de fuera. Tened piedad. ¿Estáis ciegos? ¿No veis estas mujeres escuálidas, estos siervos con hambre, esta carne desnuda, estos niños tristes? ¡Si conocierais los países donde los niños ríen y juegan! Vosotros, que estáis en el poder que tanto ha debido pesar sobre vuestros hombros desde hace un año, levantad el estado de sitio, dad la entera amnistía, haced el gesto que llama y convida, abrid los brazos. No temáis. Decidles: «Venid, paz, a nosotros; en la paz son las ideas las que combaten y triunfan, en la guerra las ideas sucumben, la que combate y triunfa es la bestia; vencednos en la paz, hermanos». Vosotros, los que esperáis en la sombra para invadir con el puñal en la mano el suelo en que nacisteis, entrad desarmados y a la luz del sol, y decid: «Aquí estamos, vivamos en paz, hermanos nuestros». No temáis. Os lo digo a todos: no perdonéis; perdonar es juzgar; olvidad solamente. Olvidad todos la injusticia, la persecución, la acechanza, el crimen. Olvidad el mal y olvidad el bien. Olvidad las promesas, los halagos, la falsa gloria. Y si no sois capaces de olvidar, si en vuestro corazón prosperan las víboras, si pasáis las noches removiendo las cenizas del alma y soplando sobre el ascua maldita del odio, si no sois más que seres de concupiscencia y de venganza, no mintáis, no habléis de patria, no digáis que sentís compasión hacia el Paraguay que se está muriendo, Pero no seréis tan crueles, no querréis que los infelices paraguayos se dispersen por América, o vean su hogar convertido en factoría inglesa o alemana. Vivid en paz. Sacrificadlo todo a la paz. El Paraguay necesita convalecer en paz; dejadle respirar su aire, mirar su cielo, descansar bajo sus naranjos. Tened fe en las fuerzas latentes de la vida. Las energías volverán; aquí se trabajará un día, se cantará, y las madres, a la puerta de sus casas, sonreirán a la esperanza, al amor. Si no traéis la paz, sois asesinos. Vivid vuestro tiempo. Curaos de la epidemia de las revoluciones. Estáis atrasados medio siglo respecto a la Argentina o al Brasil. Algunas sacudidas más, y no habrá remedio; habéis quedado solos y abandonados en el camino de la civilización. No hagáis revoluciones políticas; ceded, aguardad, estudiad, meditad. Lo violento es estéril. Lo único seguro en una revolución es mancharse de sangre. Haced, sí, revoluciones económicas. Que los que producen recojan el fruto de su labor. Expulsad, no al extranjero, importador de pensamientos, sino al burgués, exportador de oro, al que es extranjero en todas partes, y sobre todo en su propia patria. Si por ello reclama algún Estado, apelad a la conciencia internacional. Gritad: este hombre se enriqueció empobreciéndonos, corrompió a nuestros políticos, compró a los jueces, nos acabó de arruinar bajo la usura y lucró con la esclavitud de nuestros hijos. Descuidad: si sois un pueblo de paz seréis escuchados y respetados por el mundo. Aún es tiempo: una aurora desconocida palidece en el lejano horizonte. Olvidad en las tinieblas vuestro pasado, reciente o remoto. Alzaos hacia la claridad sagrada, convenceos de que el trabajo es lo único fecundo, de que contra él son impotentes el destino, el azar y hasta los dioses, si dioses hay. Convenceos de que la paz es más heroica que la guerra. Y si todo esto os he dicho, es porque es verdad, y porque sé que lo sabéis lo mismo que yo. Digamos la verdad, amigos míos, y procuremos practicarla. Preparémonos a vivir y a morir sin miedo.
