El dolor paraguayo

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LA INUNDACIÓN

Los ríos siguen creciendo. Cada centímetro representa una inmensa mole líquida que cubre leguas y leguas de territorio, una oleada que desciende como palpitación colosal hacia el Atlántico. Sólo en el mar puede vaciarse este mar que baja de las cordilleras magníficas.

La inundación se desploma coronada del verde botín rasgado a la tierra inocente, y arrastra amasados en légamo los cadáveres de humildes bestias, asesinadas y pisoteadas por el agua terrible. El hombre contempla la muerte que sube poco a poco, y se siente pequeño y abandonado bajo el cielo vacío.

Sabe que no vendrá el enviado de Dios a separar las turbias corrientes con un gesto, ni aparecerá el rey de los profetas para volver transitable el abismo. Sabe que la naturaleza se ha hecho hereje, y que las olas y el rayo no atienden al grito de Moisés, ni a la suave palabra del Mártir.

Pero si no esperamos la ayuda de lo alto, tampoco tememos la venganza de lo alto. Los elementos no obedecen ya a la piedad divina, pero tampoco obedecen a la divina crueldad. Ningún espíritu, entre las sombras de la noche, suspira con el rumor siniestro del agua negra que pasa. No tornará el diluvio a lavar nuestros pobres crímenes en un cataclismo universal. Si alguna mano nos aplasta será la mano estúpida y ciega de la física. Sucumbiremos sin culpa.


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