El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Los médicos se lo enviaron entre ellos como una pelota podrida. Los más célebres eran los más caros; don Onofre no apreció otra diferencia. Le ordenaron cambiar, cambiar siempre de clima, de costumbres, de régimen. A fuerza de cambiar, repetía. Emigraba al Sur, y le hacían retroceder al Norte. Le prohibían comer carne o fécula, y se la imponían de nuevo. Le introdujeron pociones, píldoras, tinturas, cocimientos. Le remojaron, le bañaron, le fumigaron, le untaron de pomada, glicerados, aguas corrosivas, mantecas, aceites. Le lavaban y le volvían a untar. Uno le aplicó estiércol. Otro le recetó una preparación de oro. ¡Oro! ¡Eso era lo principal!
Don Onofre regresó a su feudo, con menos dinero y con más lepra. Regresó enloquecido. Él era la lepra, y el mundo un espasmo de aversión, una inmensa náusea.
Y entonces, en las honduras de sus entrañas enfermas, la vieja tentación se alzó. Don Onofre «sabía». ¿Quién no sabe que la lepra, el castigo del cielo, sólo se sana con la sangre inocente de un niño?
Y don Onofre, tranquilizado, consolado, se puso a meditar.