El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Quisiera hablaros de la conciencia moderna, de los gestos generales del espíritu contemporáneo; quisiera bosquejar una psicología del siglo. No me juzguéis presuntuoso; no temáis nada parecido a un tratado de sociología. En primer lugar, no sé verdaderamente ni si el siglo tiene una psicología, ni si hay un espíritu contemporáneo; son modos de expresión valederos por su comodidad. Se me figura, sí, que la humanidad es más una, más organizada que en otro tiempo; que hay en ella más ecos y más reflejos; que es más transparente y más ágil, que la vida corre más de prisa por su ardiente y agitada superficie; de ahí no paso. Conocéis, sin duda, el procedimiento de superponer millares de fotografías para obtener un tipo medio de raza o de nacionalidad; pues bien, suponed superpuestas las imágenes de los cerebros que han vivido en los últimos ciento cincuenta años; imaginad la mentalidad total más o menos condensada en puntos distintos, a la manera de las sombras que modelan los rostros; añadamos a ese claroscuro el colorido de las pasiones que han llenado centuria y media; se nos presentaría un cuadro sintético muy diferente del análogo en la época de las cruzadas, de Julio César o de Sesostris. El método en cuestión, a ser hacedero, nos marcaría las fronteras y las cumbres de la inteligencia social; nos revelaría la intensidad y los matices de la sensibilidad de la especie; nos dejaría sospechar aquí los tonos purpúreos y sombríos del ocaso, allí la virgen claridad de la aurora. Mi objeto es muy semejante; subrayar los rasgos moribundos o nacientes del alma de hoy.