El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

Los conventos son industrias dignas de protección. En ellos se cose, se plancha, se guisa, se ordeña, se crían aves de corral y hortalizas y frutas y legumbres, haciendo al salario laico una santa competencia. Están bajo la advocación de patronos que son patrones, y tienen su correspondiente proletariado, con mártires de carne y hueso. De seguro recordáis aquella niña tísica que faenaba en uno de los numerosos «Sacre Coeeur». Las hermanas ponían su cuerpecín moribundo en cuatro patas, y le hacían lavar pisos. No olvidemos que la beneficencia, hasta cuando es menos cruel, hace bajar los salarios. Si la regaláis 2, el trabajador a quien se pagaba 5, se conformará con 3. ¡Triste ley económica, repetidamente comprobada! ¿Triste? Quizá profética. Quizá nos advierte que no son lícitas las ventajas que no se deben al propio esfuerzo y a la propia voluntad. Júzguese, pues, el alcance de la corriente beneficencia porteña, pretexto de bailes y quermeses, cuyo vano júbilo empapa de insulto la limosna. Júzguese de una caridad que, alimentándose de loterías, se prostituye al juego, divinidad menor cuya pagoda —el Jockey Club— es el segundo hogar de todo caballero distinguido. Salvo las erogaciones estrictamente eficaces en su carácter técnico, y que se refieren al servicio de hospitales, no cabe duda que por abaratamiento de la mano de obra o por el mecanismo del azar, las sumas de la beneficencia estrepitosa regresan en silencio a las arcas de donde salen, lo cual acontecería de igual modo aunque no interviniera un clero que, entre otras cosas, se dedica a colocar específicos y a bendecir los perros de los sportsmen millonarios.


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