El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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¡Rusia! Vuestra policía, discípula de aquélla, ha reasumido los tres poderes y la entera soberanía de la Nación; prohíbe pensar y hablar, secuestra no sólo los libros liberales, sino los de título sospechoso, aunque sean reaccionarios; ella, el órgano de la traición y de la brutalidad, tiene, como la rusa, su ejército de espías y de agentes provocadores; ella, reclutada en la hez de la República, arresta, pega, manda a presidio, retira de noche los cadáveres mutilados de sus presos, fleta un buque —el Montjuich flotante—, para tirar al agua, con grillos en los pies, a los redentores que la estorban… Sí. Pero ¿tiene Dellepiane los medios del zar? ¿Valdrá vuestra Ushuaia lo que su Siberia, y vuestro rebenque lo que su knut? ¿Y qué ha conseguido Rusia? Engendrar los Bakunin, los Tolstoi y los Gorki, iluminar la Europa con las llamas de su hoguera, precipitar el triunfo de la inevitable justicia.

Os cubrís inútilmente de oprobio. Nadie puede impedir el advenimiento del futuro.

A raíz de la bomba del Colón (petardo de pólvora lanzado por la policía) habéis corrido al Congreso, enfermos del pánico más ruin —el del vientre— y habéis votado la «ley social» del 28 de junio. Me repugnaría consignar los aullidos de esas sesiones memorables. Prefiero copiar el texto de la ley para asombro y escándalo del piadoso lector[46].


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