El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Al ver todo el mundo llevar revólver —o pistolas perfeccionadas, de mil metros de alcance, por si acaso— es forzoso deducir que nos amenaza constantemente un peligro extremo.
En mitad del día, en el centro de la ciudad, jóvenes elegantes y caballerescos, señores maduros y dedicados a inofensivas profesiones, enseñan el bulto distinguido de su Smith, su Maüser o su Colt. Estas personas irreprochables se acercan a otras con precauciones propias de conjurados o de bandidos. Como no es de creer que estemos en vísperas de un complot colosal, hay que suponer otro destino a semejante armamento.
¿Qué se teme? ¿Una invasión repentina? ¿Un ataque rápido y feroz, que exija el heroísmo de cada ciudadano? La campaña parece tranquila. Sólo veo del Chaco una remota posibilidad de riesgo. He procurado inquirir discretamente lo que ocurre, y me han contestado de una manera vaga. Algo me ocultan.