El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Hace años que estamos viendo absolver con imperturbable frescura a una multitud de asesinos y facinerosos. Los magistrados tan lamentablemente improvisados no vacilan en devolver al seno de la sociedad con patente limpia, a tal número de alimañas feroces. Este perdón inconsciente y pasivo, verdadera cobardía del jurado, contraria al perdón universal y activo que regeneraría el mundo, se convierte en la mayor iniquidad cuando consideramos que no hay compasión para los delitos pequeños. Donde un padre que roba un pan para que coman sus hijos va a la cárcel, se excusan y casi se aplauden los tiros de revólver en el vientre y las puñaladas en la espalda. He aquí lo absurdo: una institución que pretende traer justicia por obra del pueblo y que corrobora irremediablemente, a expensas de la dignidad popular, la más cruel injusticia, la que castiga a los pecadores humildes. La democracia de los tribunales ha creado la aristocracia del crimen.
Nada nos da esperanza de un progreso en el funcionamiento del jurado. Cada vez con mayor obstinación, las personas sensatas y cultas se borran de las listas, recusándose con mil pretextos que los amigos atienden. Y en un país de política personal y áspera, madre de venganzas sombrías, se marcha rápidamente a la sanción pública del asesinato.