Moralidades actuales
Moralidades actuales Muchas inmemoriales construcciones deben su duración a su divorcio mismo con lo real. No son ni siquiera obstáculos. Las corrientes de la vida se han acostumbrado a rodearlas para pasar adelante, y pasan en graciosa curva sin tocarlas ya. No es obediencia, es olvido. ¿Quién hoy, por muy Papa y muy obispo que sea, ha dedicado media hora a meditar seriamente en el problema de la Santísima Trinidad? Y no obstante a causa de él se han dado en otro tiempo de puñaladas por las calles. ¡Oh, armatostes apolillados, erguidos en medio de la distracción universal! Un buen día el pensador os ve, se ríe y os derriba de un soplo. Bastó un irritado sacudir de hombros para que el pueblo francés volcara el trono más glorioso de Europa. Mañana bastará un gesto para barrer del mundo las sobras romanas. La inmutabilidad no es signo de fuerza, sino de muerte. Hay entre nosotros ídolos enormes que no son sino cadáveres de pie, momias que una mirada reduce a polvo.
Otros adversarios, delicados amantes de las ruinas, nos dicen: «¡Qué ingratos sois con los muertos! Sois hijos y herederos de los muertos; cuanto tenéis era suyo. Vuestro pensamiento y vuestro idioma, vuestras riquezas y vuestros amores, todo os lo legó el pasado. Y volvéis contra el pasado, de que está hecha vuestra sangre y hecho vuestro espíritu, las armas que habéis recogido de las tumbas. Os suicidáis cortando vuestras propias raíces».