Moralidades actuales
Moralidades actuales Mi actualidad, a estas fechas, es todavía la resolución que ha tomado la reina de España de no amamantar a su augusto hijo. Esta resolución terrible ha sido comunicada instantáneamente a los más remotos lugares del globo. En el Japón, en el Canadá, en Nueva Zelandia, en Noruega y en Sud África, las gentes se han enterado a las pocas horas de lo que sucedía. No acierto lo que habrán hecho al enterarse; en cuanto a mí, he caído en profundas reflexiones. Por más que se diga, los reyes son aún personajes trascendentales. Es inútil que el sentido común advierta que un rey es menos hombre que los demás, porque es un prisionero de la protección y de la farsa; no consigue el público despreciarles o compadecerles, ya que les paga y les aguanta. Un rey continúa siendo algo notable. ¿Qué extraño que el pueblo español se preocupe por la leche de su soberana, si menos de un siglo antes adoró de rodillas a un canalla vulgar, Fernando VII? Pero no se trata de España. ¿Acaso no ha sido locamente festejado Alfonso en París, en las mismas calles donde el zar, cobarde y siniestro fantoche, fue recibido en triunfo? ¿Acaso los ingleses, a cada momento, no limpian devotamente el polvo a los viejos trastos y disfraces de sus carnavaladas palaciegas? ¿No ambiciona Guillermo, el emperador ómnibus, pangermanizar la Tierra? ¿No llovieron de todos los países, a la preñez de Ena, felicitaciones sobre el espermatozoide real que salvó la dinastía? Al nacimiento del vástago ¿no se disputaron Eduardo y Pío, Inglaterra y el orbe católico, el puesto de primer maestro de ceremonias? El buen Max Nordau creía, a los veinte años, que no transcurrirían treinta sin que se desplomara el último trono europeo. «Me equivoqué», declara recientemente. Sí, nos engaña el sentido común; tenemos reyes para un rato.