Peter Pan
Peter Pan Como es lógico, tendría que haber despertado a los chicos al momento, no sólo por aquella cosa desconocida que avanzaba acechante hacia ellos, sino porque ya no era bueno que durmieran en una roca que se había puesto fría. Pero era una madre inexperta y no lo sabía: creía que simplemente había que atenerse a la norma de media hora de reposo después del almuerzo. Por eso, aunque el miedo la atenazaba y deseaba oír voces masculinas, no quiso despertarlos. Ni siquiera cuando oyó el ruido de remos envueltos en tela, aunque tenía el corazón en la boca, los despertó. Montó guardia para que echaran la siesta completa. ¿No fue Wendy muy valiente?
Fue una suerte para aquellos chicos que hubiera uno entre ellos que podía oler el peligro incluso estando dormido. Peter se irguió de un salto, tan despierto al instante como un sabueso y con un grito de advertencia despertó a los demás. Se quedó inmóvil, con una mano en la oreja.
—¡Piratas! —exclamó. Los otros se acercaron más a él. Una sonrisa extraña le bailaba en la cara y Wendy la vio y se estremeció. Mientras sonreía de esta manera nadie se atrevía a hablarle, lo único que podían hacer era estar preparados para obedecer. Dio la orden brusca y tajantemente:
—¡Al agua!