Peter Pan
Peter Pan No quedaba más remedio que ir avanzando al estilo indio, en lo cual por fortuna era un maestro. Pero, ¿en qué dirección, ya que no estaba seguro de que los niños hubieran sido llevados al barco? Una ligera nevada había borrado todas las huellas y un profundo silencio reinaba en la isla, como si la Naturaleza siguiera aún horrorizada por la reciente carnicería. Había enseñado a los niños algo sobre cómo desenvolverse en el bosque que él mismo había aprendido por Tigridia y Campanilla y sabía que en medio de una calamidad no era probable que lo olvidaran. Presuntuoso, si tenía oportunidad, haría marcas en los árboles, por ejemplo, Rizos iría dejando caer semillas y Wendy dejaría su pañuelo en algún lugar importante. Pero para buscar estas señales era necesaria la mañana y no podía esperar. El mundo de la superficie lo había llamado, pero no lo iba a ayudar.
El cocodrilo pasó ante él, pero no había ningún otro ser vivo, ni un ruido, ni un movimiento; sin embargo sabía muy bien que la muerte súbita podía estar acechando junto al próximo árbol, o siguiéndole los pasos.
Pronunció este terrible juramento:
—Esta vez o Garfio o yo.