Peter Pan
Peter Pan —El camarote está oscuro como la pez —dijo Cecco, casi farfullando—, pero hay algo horrible ahà dentro: lo que oÃmos graznar.
El júbilo de los chicos, las miradas furtivas de los piratas, todo esto notó Garfio.
—Cecco —dijo con voz más acerada—, vuelve y tráeme a ese pajarraco.
Cecco, valiente entre los valientes, se encogió ante su capitán, exclamando:
—No, no.
Pero Garfio le estaba haciendo carantoñas a su garra.
—¿Has dicho que irÃas, Cecco? —dijo con aire distraÃdo.
Cecco fue, después de levantar los brazos en un gesto de desesperación. Ya no habÃa más cánticos, todos escuchaban y de nuevo se oyó un chillido agónico y de nuevo un graznido. Nadie habló excepto Presuntuoso.
—Tres —dijo.
Garfio llamó a sus perros con un gesto.
—Por las barbas de Satanás —bramó—, ¿quién me va a traer a ese pajarraco?
—Espere a que salga Cecco —gruñó Starkey y los demás se unieron a él.
—Me ha parecido oÃr que te ofrecÃas, Starkey —dijo Garfio, ronroneando de nuevo.
—¡No, por todos los demonios! —gritó Starkey.