Peter Pan
Peter Pan Ahora sólo habÃa dos camas en el cuarto, la de Jane y la de su niñera y no habÃa perrera, pues Nana también habÃa fallecido. Murió de vejez y hacia el final habÃa tenido un trato bastante difÃcil, pues estaba firmemente convencida de que nadie sabÃa cómo cuidar a los niños excepto ella.
Una vez a la semana la niñera de Jane tenÃa la tarde libre y entonces le tocaba a Wendy acostar a Jane. Ése era el momento de contar cuentos. Jane se habÃa inventado un juego que consistÃa en levantar la sábana por encima de su cabeza y la de su madre, formando asà una especie de tienda y susurrar en la sobrecogedora oscuridad:
—¿Qué vemos ahora?
—Me parece que esta noche no veo nada —dice Wendy, con la sensación de que si Nana estuviera aquà se opondrÃa a que la conversación continuara.
—SÃ, sà que lo ves —dice Jane—, ves cuando eras una niña.
—De eso hace ya mucho, mi vida —dice Wendy—. ¡Ay, cómo vuela el tiempo!
—¿Vuela —pregunta la astuta niña—, como tú volabas cuando eras pequeña?
—¡Como yo volaba! ¿Sabes, Jane? A veces me pregunto si realmente volaba.
—SÃ, sà que volabas.
—¡Qué dÃas aquellos cuando podÃa volar!