Las flores del mal
Las flores del mal Spleen
Soy como el rey de un país lluvioso,
rico pero impotente, joven y aun así muy viejo,
que, despreciando las reverencias de sus preceptores,
se aburre con sus perros y con cualquier otro animal.
Nada puede alegrarlo, ni halcón, ni cacería,
ni su pueblo que muere ante su balcón.
La grotesca balada del bufón favorito
no relaja la frente de este enfermo cruel;
su lecho adornado con flores de lis se transforma en sepulcro,
y las damas de la corte, para quienes cualquier príncipe es bello,
no saben ya qué impúdico atuendo inventarse
para arrancar una sonrisa de este joven esqueleto.
El sabio que le fabrica oro nunca ha podido
extirpar de su ser la parte corrompida,
y con esos baños de sangre que nos vienen de los romanos,
y a los que los poderosos recurren en sus últimos días,
no ha sabido reanimar a este cadáver alelado