Las flores del mal
Las flores del mal Las viejecitas
A Victor Hugo
En los pliegues sinuosos de las antiguas capitales
donde todo, hasta el horror, se transforma en embrujo,
yo acecho, acatando mi inclinación fatal,
a seres singulares, decrépitos y encantadores.
Esos monstruos descoyuntados fueron mujeres hace tiempo,
¡Eponina o Lais[36]!, ¡Monstruos quebrados, chepudos
o torcidos, ¡amémoslos!, todavÃa son almas!
Bajo enaguas desgarradas y bajo telas que no abrigan,
van arrastrándose, flagelados por los cierzos inicuos,
temblando ante el estrépito rodante de los ómnibus,
y apretando en su costado, igual que una reliquia,
un bolsito bordado con flores o con jeroglÃficos;
van dando tumbos, muy parecidos a marionetas;
renquean igual que los animales lisiados,
