Las flores del mal
Las flores del mal El juego
En sillones raídos, mujerzuelas viejas,
pálidas, con las cejas pintadas, la mirada mimosa y nefasta,
melindrosas y dejando caer de sus flacas orejas
un tintineo de piedra y de metal;
alrededor de los tapetes verdes, rostros sin labios,
labios sin color, mandíbulas sin dientes
y dedos crispados por una infernal fiebre,
hurgando en el bolsillo vacío o en el pecho palpitante;
bajo techos sucios, una fila de arañas tenues
y enormes quinqués que proyectan sus resplandores
sobre la frente tenebrosa de poetas ilustres
que vienen a derrochar sus sudores sangrientos;
ése es el negro cuadro que en un sueño nocturno
vi desplegarse bajo mi ojo clarividente.
Yo mismo, en un rincón del antro sórdido,
me vi acodado, frío, mudo, envidioso,
envidiando la pasión tenaz de aquella gente,
la fúnebre alegría de aquellas viejas putas,
