Las flores del mal
Las flores del mal El vino de los traperos
Muchas veces, a la roja claridad de una farola
cuya llama agita el viento que sacude sus vidrios,
en lo más escondido de un viejo arrabal, laberinto fangoso
donde lo humano hierve en tormentosos fermentos,
se ve a un trapero que viene meneando la cabeza,
tropezando, topándose con los muros igual que un poeta,
y, sin recatarse de los delatores, que de ellos viven,
desahoga su corazón con gloriosos proyectos.
Presta juramentos, dicta leyes sublimes,
fulmina a los malos, rescata a las víctimas,
y, bajo el firmamento suspendido como un dosel,
se entusiasma con las excelencias de su propia virtud.
Sí, estos tipos hostigados por recelos de pareja,
molidos por el trabajo y acosados por la edad,
derrengados y doblados bajo una carga de residuos,
