Las flores del mal
Las flores del mal Dondequiera que él vaya, sea en el mar o en la tierra,
con un clima de fuego o bajo un blanco sol,
servidor de Jesús, cortesano de Citerea,
mendigo tenebroso o Creso[65] rutilante,
ciudadano, campesino, vagabundo, sedentario,
con su pequeño cerebro quizá activo o quizá lento,
en cualquier parte, el hombre sufre el terror del misterio,
y solo mira a lo alto con ojos temblorosos.
¡Allá en lo alto, el Cielo!, ese techo de sótano asfixiante,
bóveda iluminada para una ópera bufa
en la que cada histrión pisotea un suelo ensangrentado;
terror del libertino, esperanza del orate ermitaño;
¡el Cielo!, tapadera negra de la gran marmita
donde se cuece la insignificante y vasta Humanidad.
