Las flores del mal
Las flores del mal parecía que el cuerpo, hinchado por un vago aliento,
vivía multiplicándose.
Y desprendía aquel mundo una música extraña,
como el agua que corre y el viento,
o el grano que quien criba con movimiento rítmico
agita y revuelve en su cedazo.
Las formas se borraban y no eran más que un sueño,
un esbozo lento en aparecer
sobre el lienzo olvidado, y que el artista finaliza
solo mediante el recuerdo.
Tras los peñascos una perra inquieta
nos miraba con gesto arisco
espiando la ocasión para recuperar del esqueleto
el pedazo que había abandonado.
—¡Y sin embargo, tú has de ser semejante a esta porquería,
a esta horrible infección,
estrella de mis ojos, sol de mi naturaleza,
tú, mi ángel y mi pasión!
¡Sí! Así mismo serás, oh reina de la gracia,