Las flores del mal
Las flores del mal Una noche en que estaba con una horrible judÃa,
como junto a un cadáver tendido otro cadáver,
me puse a meditar ante el cuerpo vendido
en la triste belleza a la que renuncia mi deseo.
Yo traÃa a mi mente su majestad indÃgena,
su mirar con las armas del vigor y la gracia,
sus cabellos en forma de casco perfumado,
cuyo recuerdo excita mi deseo.
Pues hubiera besado con fervor tu noble cuerpo,
y desde tus pies tiernos hasta tus negras trenzas
habrÃa desplegado el tesoro de las profundas caricias,
si una noche, en un llanto logrado sin esfuerzo,
pudieras tan siquiera, ¡oh reina de las crueles!,
oscurecer el esplendor de tus frÃas pupilas.

