Paraisos artificiales
Paraisos artificiales »Tales eran las Euménides o las diosas Graciosas (como decía la adulación antigua inspirada por el temor) que asediaban mis sueños en Oxford. La Madona hablaba con su mano misteriosa. Me tocaba la cabeza, llamaba con el dedo a Nuestra Señora de los Suspiros, y sus signos, que no puede leer hombre alguno como no sea en sueños, podían traducirse de este modo: “¡Míralo! Aquí está el hombre al que en su infancia consagré a mis altares. Es a él a quien hice mi favorito. Le he alucinado y seducido y desde lo alto del cielo he atraído su corazón hacia el mío. Por mí se ha hecho idólatra; por mí, colmado de deseos y languideces, ha adorado la lombriz y dirigido sus plegarias a la tumba vermicular. Era sagrado para él el sepulcro, amables las tinieblas, santa su corrupción. A este joven idólatra lo he preparado para ti, mi querida y bondadosa Hermana de los Suspiros. Tómalo ahora sobre tu corazón y prepáralo para nuestra terrible Hermana. Y tú —volviéndose hacia la Mater Tenebrarum— recíbelo a tu vez de ella. Haz que tu cetro le pese en la cabeza. No permitas que una mujer, con su ternura, venga a sentarse junto a él en su noche. Rechaza todas las flaquezas de la esperanza, seca los bálsamos del amor, quema la fuente de las lágrimas, maldícele como sabes maldecir tú solamente. Así se encontrará más perfecto en el horno, así verá las cosas que no deben ser vistas, los espectáculos que son abominables y los secretos que no pueden decirse. Así leerá las antiguas verdades, las tristes verdades, las grandes, las terribles verdades. Así resucitará antes de estar muerto. Y así se habrá cumplido la misión que tenemos de Dios y que consiste en atormentar su corazón hasta que hayamos desarrollado las facultades de su mente”».