Poemas en prosa
Poemas en prosa ¡Por fin, por fin se acabó todo! Ya no me quedaba más que ponerme a trabajar de nuevo, con mayor viveza todavÃa que la habitual, para rechazar poco a poco aquel pequeño cadáver, que se metÃa entre los repliegues de mi cerebro, y cuyo fantasma me cansaba con sus ojazos fijos. Pero al dÃa siguiente recibà un montón de cartas: una de inquilinos de la casa, otras de casas vecinas; una del piso primero, otra del segundo, otra del tercero, y asà sucesivamente; unas en estilo semichistoso, como si trataran de disfrazar con una chacota aparente la sinceridad de la petición; otras de una pesadez descarada y sin ortografÃa, pero todas dirigidas a lo mismo, esto es: a lograr de mà un trozo de la funesta y beatÃfica cuerda. Entre los firmantes habÃa, fuerza es decirlo, más mujeres que hombres; pero no todos, creedlo, pertenecÃan a la clase Ãnfima y vulgar. He conservado las cartas.
Entonces, súbitamente se hizo la luz en mi cerebro, y comprendà por qué la madre insistió tanto para arrancarme el cordel y con qué tráfico se proponÃa encontrar consuelo.