Poemas en prosa
Poemas en prosa El tiro y el cementerio
»A la vista del cementerio, Bebidas.
¡Muestra singular —dÃjose nuestro paseante—, pero buena para excitar la sed! De fijo que el dueño de esta taberna sabe apreciar a Horacio y a los poetas discÃpulos de Epicuro. Quizá hasta conoce el profundo refinamiento de los antiguos egipcios, para quien no habÃa buen festÃn sin esqueleto o sin un emblema cualquiera de la brevedad de la vida.
Y entró, se bebió un vaso de cerveza frente a las sepulturas y se fumó lentamente un cigarro. Luego tuvo la ocurrencia de bajar a aquel cementerio de hierba tan alta, tan invitadora, y en que reinaba un sol tan rico.
En efecto, la luz y el calor eran rabiosos y hubiérase dicho que el sol, ebrio, se revolcaba cuan largo era sobre una alfombra de flores magnÃficas, alimentadas por la destrucción. Un inmenso rumor de vida llenaba el aire —la vida de los infinitamente pequeños—, cortado a intervalos regulares por el crepitar de los disparos de un tiro próximo, que estallaban como la explosión de los tapones del champaña en el zumbido de una sinfonÃa con sordina.
