Poemas en prosa
Poemas en prosa ¡Matemos a los pobres!
Durante quince dÃas me recluà en la habitación, rodeado de los libros de moda entonces —hará diez y seis o diez y siete años—; quiero decir de los libros en que se trata del arte de hacer a los pueblos dichosos, buenos y ricos en veinticuatro horas. HabÃa, pues, digerido —es decir, tragado— todas las elucubraciones de esos contratistas de la felicidad pública de los que aconsejan a todos los pobres que se hagan esclavos y de los que llegan a persuadirles de que todos son reyes destronados. No habrá de causar sorpresa que estuviese yo entonces en una disposición de espÃritu cercana del vértigo o de la estupidez.
Únicamente me habÃa parecido que sentÃa, confinado en el fondo de mi intelecto, el germen obscuro de una idea superior a todas las fórmulas de buena mujer, cuyo diccionario habÃa recorrido yo no hacÃa mucho. Pero no era más que la idea de una idea, algo infinitamente vago.
Y salà con una gran sed. Porque el gusto apasionado de las malas lecturas engendra una necesidad en proporción de aire libre y de refrescos.
A punto de entrar en la taberna, un mendigo me alargó el sombrero, con una de esas miradas inolvidables que derribarÃan tronos si el espÃritu moviese la materia y si los ojos de un magnetizador hiciesen madurar las uvas.
