Poemas en prosa
Poemas en prosa De repente —¡Oh milagro!, ¡oh goce del filósofo que comprueba lo excelente de su teorÃa!— vi que la vieja armazón de huesos se volvÃa, se levantaba con energÃa, que nunca hubiera sospechado yo en máquina tan descompuesta, y con una mirada de odio que me pareció de buen agüero, el decrépito malandrÃn se me echó encima, me hinchó ambos ojos, me rompió cuatro dientes, y con la misma rama me sacudió leña en abundancia. Con mi enérgica medicación le habÃa devuelto el orgullo y la vida.
HÃcele señas entonces, para darle a entender que yo daba por terminada la discusión, y, levantándome tan satisfecho como un sofista del Pórtico, le dije: «¡Señor mÃo, es usted igual a mÃ! Concédame el honor de compartir conmigo mi bolsa; y acuérdese, si es filántropo de veras, que a todos sus colegas, cuando le pidan limosna, hay que aplicarles la teorÃa que he tenido el dolor de ensayar en sus espaldas».
Me juró que se daba cuenta de mi teorÃa y que serÃa obediente a mis consejos.