Poemas en prosa
Poemas en prosa Y yo le contesté: «¡Mucho te lo agradezco! De nada me sirve esa pacotilla de seres que no valen sin duda más que mi pobre yo. Aunque algo me avergüence el recuerdo, nada puedo olvidar; y si no te hubiese conocido, viejo monstruo, tus cuchillos misteriosos, tus ampollas equÃvocas, las cadenas que te traban los pies, son sÃmbolos que explican con claridad bastante los inconvenientes de tu amistad. Guárdate tus regalos».
El segundo Satán no tenÃa el aspecto a la vez trágico y sonriente, ni las buenas maneras insinuantes, ni la belleza delicada y perfumada del otro. Era un hombre basto, de rostro grueso y sin ojos, cuya pesada panza se desplomaba sobre sus muslos, cuya piel estaba toda dorada e ilustrada, como por un tatuaje, con multitud de figurillas movedizas, que representaban las formas múltiples de la miseria universal. HabÃa hombrecillos macilentos que se colgaban voluntariamente de un clavo; habÃa gnomos chicos y deformes, flacos, que pedÃan limosna más con los ojos suplicantes que con las manos trémulas, y también madres viejas con abortos agarrados a las tetas extenuadas, y otros muchos más habÃa.