Poemas en prosa
Poemas en prosa Los ojos de los pobres
¡Ah!, queréis saber por qué hoy os aborrezco. Más fácil os será comprenderlo, sin duda, que a mà explicároslo; porque sois, creo yo, el mejor ejemplo de impermeabilidad femenina que pueda encontrarse.
Juntos pasamos un largo dĂa, que me pareciĂł corto. Nos habĂamos hecho la promesa de que todos los pensamientos serĂan comunes para los dos, y nuestras almas ya no serĂan en adelante más que una; ensueño que nada tiene de original, despuĂ©s de todo, a no ser que, soñándolo todos los hombres, nunca lo realizĂł ninguno.
Al anochecer, un poco fatigada, quisisteis sentaros delante de un cafĂ© nuevo que hacĂa esquina a un bulevar, nuevo, lleno todavĂa de cascotes y ostentando ya gloriosamente sus esplendores, sin concluir. Centelleaba el cafĂ©. El gas mismo desplegaba todo el ardor de un estreno, e iluminaba con todas sus fuerzas los muros cegadores de blancura, los lienzos deslumbradores de los espejos, los oros de las medias cañas y de las cornisas, los pajes de mejillas infladas arrastrados por los perros en traĂlla, las damas risueñas con el halcĂłn posado en el puño, las ninfas y las diosas que llevaban sobre la cabeza frutas, pasteles y caza; las Hebes y las Ganimedes ofreciendo a brazo tendido el anforilla de jarabe o el obelisco bicolor de los helados con copete: la historia entera de la mitologĂa puesta al servicio de la gula.
