Poemas en prosa
Poemas en prosa El jugador generoso
Ayer, entre la muchedumbre del bulevar, sentà que me rozaba un ser misterioso que siempre tuve deseo de conocer, y a quien reconocà en seguida, aunque no le hubiese visto jamás. HabÃa, sin duda, en él para conmigo un deseo análogo, porque al pasar me lanzó significativamente un guiño, al que me di prisa por obedecer. Le seguà con atención, y pronto bajé detrás de él a una mansión subterránea deslumbradora, en que brillaba un lujo del cual ninguna de las habitaciones superiores de ParÃs podrÃa ofrecer ejemplo aproximado. ParecÃame raro que hubiese podido yo pasar tan a menudo cerca de aquel misterioso cobijo sin adivinar su entrada. Reinaba allà una atmósfera exquisita, aunque de mareo, que casi hacÃa olvidar instantáneamente todos los fastidiosos horrores de la vida; respirábase allà una sombrÃa beatitud, análoga a la que debieron de sentir los comedores de loto cuando, al desembarcar en una isla encantada, iluminada por los resplandores de una eterna prima tarde, sintieron nacer dentro de sà el sonido adormecedor de las cascadas melodiosas, el deseo de no volver a ver nunca sus penates, a sus mujeres, a sus hijos, y de no tornar nunca a mecerse en las altas olas del mar.
