El mago de Oz
El mago de Oz –¿Cuánto tardaremos en salir del bosque? -preguntó ella al Leñador.–No lo sé -fue la respuesta-. Nunca ha ido a la Ciudad Esmeralda, aunque mi padre fue una vez, cuando yo era pequeño, y dijo que habÃa tenido que viajar mucho tiempo, através de regiones peligrosas, aunque cerca de Oz cambia el paisaje y se hace muy hermoso. Pero yo no temo a nada mientras lleve conmigo mi lata de aceite, y nada puede hacer daño al Espantapájaros, mientras que tú llevas en la frente la marca del beso de la Bruja Buena, que te protegerá de todo mal.–¿Pero y Toto? -inquirió la niña en tono ansioso-. ¿Qué puede protegerlo?–Lo protegeremos nosotros si corre peligro -respondió el Leñador.Cuando asà hablaba se oyó un terrible rugido, y un momento después saltó al camino un león enorme. De un solo zarpazo lanzó rodando al Espantapájaros hacia un costado del sendero, y luego asestó un golpe con sus agudas garras al Leñador. Pero, para su gran sorpresa, no hizo la menor mella en la hojalata, aunque el Leñador se desplomó en el suelo y allà se quedó inmóvil.El pequeño Toto, ahora que debÃa enfrentarse aun enemigo, corrió ladrando hacia el león, y la enorme bestia habÃa abierto ya sus fauces para matar al can cuando la niña, temerosa por la vida de Toto, y sin prestar atención al peligro, avanzó corriendo y golpeó con fuerza la nariz de la fiera al tiempo que exclamaba:–¡No te atrevas a morder a Toto! ¡DeberÃas avergonzarte!¡Tan grande y queriendo abusarte de un perro tan chiquito!–No lo mordà -protestó el León, mientras se acariciaba la nariz dolorida.–No, pero lo intentaste -repuso ella-. No eres otra cosa que un cobarde.–Ya lo sé -contestó el León, muy avergonzado-. Siempre lo he sabido. ¿Pero cómo puedo evitarlo?–No me lo preguntes a mÃ. ¡Pensar que atacaste a un pobre hombre relleno de paja como el Espantapájaros!–¿Está relleno de paja? -inquirió el León con gran sorpresa, mientras la observaba levantar al Espantapájaros ponerlo de pie y darle forma de nuevo.–Claro que sà -dijo Dorothy, todavÃa enfadada.–¡Por eso cayó tan fácilmente! -exclamó el León-. Me asombró verlo girar asà ¿Este otro también está relleno de paja?–No; está hecho de hojalata -contestó Dorothy, ayudando al Leñador a ponerse de pie.–Por eso que casi me desafilo las garras. Cuando rasqué esa lata, me estremecà todo. ¿Qué animal es ese que tanto quieres?–Es Toto, mi perro.–¿Es de hojalata o está relleno de paja?–Ninguna de las dos cosas. Es un… un… perro de carne y hueso.–¡Vaya! Es un animalito raro y, ahora que lo miro bien, bastante pequeño. Sólo a un cobarde como yo se le ocurrirÃa morder a un animalito tan pequeño -manifestó el León con acento apenado.–¿Y porqué eres cobarde? -preguntóle Dorothy, mirándole con extrañeza, pues era tan grande como una jaca.–Es un misterio -fue la respuesta-. Supongo que nacà asÃ. Como es natural, todos los otros animales del bosque esperan que sea valiente, pues en todas partes saben que el león es el Rey de las Bestias. Me di cuenta de que si rugÃa con bastante fuerza, todo ser viviente se asustaba y se apartaba de mi camino. Siempre que me he encontrado con un hombre he tenido un miedo pánico, pero no tenÃa más remedio que lanzar un rugido para ponerlo en fuga. Si los elefantes y los tigres ylos osos hubieran tratado alguna vez de pelear conmigo, yo habrÃa salido corriendo, por lo cobarde que soy… pero en cuanto me oyen rugir, todos tratan de alejarse de mà y, por supuesto, yo los dejo ir.–Pero eso no está bien -objetó el Espantapájaros-. El Rey de las Bestias no deberÃa ser un cobarde.–Ya lo sé. -El León se enjugó una lágrima con su zarpa-. Es mi pena más grande, y lo que me produce mi mayor desdicha. Pero cuando quiera que hay algún peligro, se me aceleran los latidos del corazón.–Puede ser que lo tengas enfermo -aventuró el Leñador. -PodrÃa ser -asintió el León.–Si es asÃ, deberÃas alegrarte, pues ello prueba que tienes corazón -manifestó el hombre de hojalata-. Por mi parte, yo no lo tengo, de modo que no se me puede enfermar.–Quizá si tuviera corazón, no serÃa tan cobarde.–¿Tienes cerebro? -le preguntó el Espantapájaros.–Supongo que sà -dijo el León-. Nunca me he mirado para comprobarlo.–Yo voy a ver al Gran Oz para pedirle que me dé un cerebro, pues tengo la cabeza rellena de paja -expresó el Espantapájaros.–Y yo voy a pedirle un corazón -terció el Leñador.–Y yo a pedirle que me mande con Toto de regreso a Kansas -añadió Dorothy.–¿Les parece que Oz podrÃa darme valor? -preguntó el León Cobarde.–Con tanta facilidad como podrÃa darme sesos a mà -dijo el Espantapájaros.–A mà un corazón -manifestó el Leñador.–O mandarme a mà de regreso a Kansas -terminó Dorothy.–Entonces si no tienen inconveniente, iré con ustedes -expresó el León-, pues ya no puedo seguir soportando la vida sin valor.–Encantados de tenerte con nosotros -aceptó Dorothy-. Tú nos ayudarás a mantener alejadas a las otras fieras. Me parece que deben de ser más cobardes que tú si te permiten asustarlas con tanta facilidad.–De veras que lo son -asintió el León-; pero eso no me hace más valiente, y mientras sepa que soy un cobarde me sentiré muy desdichado.Y asÃ, una vez más, el grupito partió de viaje, con el León marchando majestuosamente al lado de Dorothy. Al principio, a Toto no le agradó este nuevo compañero, porque no podÃa olvidar lo cerca que habÃa estado de ser vÃctima de las enormes fauces del felino; pero al cabo de un tiempo se sintió más tranquilo y al fin se hizo muy buen amigo del León Cobarde.Durante el resto de ese dÃa no hubo otras aventuras que turbaran la paz del viaje. Eso sÃ, en una oportunidad, el Leñador pisó un escarabajo que se arrastraba por el camino y lo mató, lo cual le apenó mucho, pues se cuidaba siempre de no hacer daño a ningún ser viviente, y mientras continuaba marchando empezó a llorar con gran pesar. Las lágrimas se deslizaron lentamente por su cara hasta las articulaciones de su quijada, y allà oxidaron la hojalata. Poco después, cuando Dorothy le hizo una pregunta, el Leñador no pudo abrir la boca, porque tenÃa herrumbrada la articulación. Muy asustado por esto, le hizo señales a la niña para que lo socorriera mas ella no le entendió. El León tampoco podÃa comprender qué le pasaba. Pero el Espantapájaros tomó la aceitera de la cesta de Dorothyy echó aceite en la quijada del Leñador, y al cabo de pocos minutos el hombre de hojalata pudo volver a hablar como siempre.–Esto me enseñará a mirar por dónde camino -dijo entonces-. Si llegara a matar a otro bicho es seguro que volverÃa a llorar, y las lágrimas me oxidan la mandÃbula de tal manera que me es imposible hablar.De allà en adelante marchó con gran cuidado, fijos los ojos en el camino, y al ver alguna hormiga u otro insecto que se arrastraba por tierra, se apartaba con rapidez a fin de no hacerle daño. El Leñador de Hojalata sabÃa muy bien que no tenÃa corazón, razón por la cual se esforzaba más que todos por no ser cruel con nada ni con nadie.–Ustedes los que poseen corazón tienen algo que los guÃa y no necesitan equivocarse -manifestó-; pero yo no lo tengo y por eso debo cuidarme mucho. Cuando Oz me dé un corazón, entonces ya no me preocuparé tanto.